Autor: Bruno Ayres
La actual crisis económica es un reto a encontrar nuevas formas de utilizar nuestros recursos, esperemos que con mayor prudencia. Uno de los recursos naturales más abundantes y menos utilizados es el poder de la colaboración voluntaria. La experiencia de trabajar en proyectos de fomento del voluntariado en Internet me dice que lo mejor está todavía por llegar.
La fuerza de la sociedad civil reside en la participación diseminada de los ciudadanos, pero su parte más visible es su vertiente organizada e institucional. Sucede lo mismo con el voluntariado: la mayoría de los especialistas, medios de comunicación y gobiernos hablan de su dimensión institucional, subestimando el poder de millones de ciudadanos que están aplicando su colaboración, su creatividad y sus talentos personales a aportar soluciones a sus comunidades, con independencia del apoyo formal u organizado.
La dimensión institucional está constituida por organizaciones sin ánimo de lucro que por regla general ofrecen a los ciudadanos modelos de participación predeterminados y casi burocráticos, empleando los mismos moldes que el empleo formal, por ejemplo en lo que se refiere a procesos de captación, actividades prefijadas, gestión desde arriba, etc. Son formas legítimas de organizar el trabajo de las personas, pero no son las únicas, y desde luego no son el modelo de participación más apto para aprovechar el poder latente de colaboración de la humanidad.
Uno de los obstáculos que dificultan la participación del común de los ciudadanos es la idea de que el voluntariado es algo especial que hacen personas extraordinarias, alejado de su realidad. Hay que bajar ese listón.
El voluntariado es una acción humana, esencial para la vida de cada día, que practican todas las personas en distintos niveles. En las comunidades de bajos ingresos del Brasil, por ejemplo, el voluntariado entre iguales y su generosidad es lo que hace sostenibles las vidas de las personas. El voluntariado adopta formas mucho más diversas que las imágenes que inmediatamente se asocian con él.
Esa diversidad debería ser valorada y bienvenida. Es preciso que las personas se sientan incluidas en el movimiento del voluntariado, desde las pequeñas acciones de cada día (como reciclar, consumir responsablemente, colaborar entre iguales) hasta las actividades formales y estructuradas. De las interacciones complejas entre esas acciones surge el tejido social sano.
Sacar esa diversidad a la vista del público puede inspirar y estimular a los cientos de millones de personas que quieren participar. Existe una enorme oportunidad de crear modelos descentralizados de colaboración, que ayuden a esas personas a transformarse poco a poco en voluntarios más activos.
En nuestra experiencia dentro de V2V Networks, desarrollar tecnologías de Internet para promover el voluntariado, ha sido muy importante considerar el ciclo vital del voluntario. Hay muchas maneras distintas de contribuir a una causa, y el compromiso puede ser progresivo, empezando por una contribución atenuada y evolucionando hacia una participación más profunda y continua. Los gestores de programas de voluntariado siempre tienden a preferir el último tipo de contribución, donde sus esfuerzos de captación pueden traducirse en un mayor rendimiento; pero con ello son muchas las personas que se quedan en el camino.
La tecnología está transformando nuestra manera de colaborar. Con la enorme caída del coste de las comunicaciones, también se ha reducido el esfuerzo necesario para planificar y organizar el trabajo colectivo. Hoy vemos ejemplos de grandes proyectos que han sido posibles gracias a la participación voluntaria de un número muy elevado de personas, contribuyendo la mayoría de los participantes sólo una vez y con una pieza diminuta del rompecabezas.
Pensemos en la Wikipedia, la mayor enciclopedia que se haya hecho jamás en cuanto al número y la exhaustividad de sus artículos. En este caso son unos cuantos administradores voluntarios y colaboradores máximos quienes realizan la mayor parte del trabajo: un 1,8 por ciento de los usuarios está haciendo más del 70 por ciento de la edición.
El carácter singular de la Wikipedia no lo podrían lograr por sí solos ese 1,8 por ciento de colaboradores máximos. El quid no está en los superusuarios, sino en contar con un modelo que permite no desaprovechar ni un mínimo fragmento del conocimiento que existe en la comunidad. Es la capacidad de gestionar una colaboración masiva lo que hace de ese proyecto de voluntariado una de las realizaciones más importantes del saber colectivo de la humanidad.
Cuando queremos sacar adelante un proyecto, ya sea de carácter social o lucrativo, lo habitual es crear una organización para tener resuelto el 70 por ciento del trabajo con los esfuerzos de un 1 por ciento de la población. Ésa es nuestra manera de pensar, y económicamente no se puede decir que no tenga sentido.
Pero al actuar así renunciamos a valores significativos: a la diversidad, a la innovación y, lo que es más importante cuando se habla de voluntariado, a la oportunidad de implicar a la mayoría de los ciudadanos, que también podrían ser parte de la solución en lugar de ser sólo parte del problema. Conviene pensar en ello a la hora de replantearnos nuestros cometidos y proyectos en un mundo interconectado de casi 6.700 millones de personas.
Ahora bien, ¿cómo podrían los proyectos de voluntariado valerse de esos nuevos modelos de colaboración? Nosotros estamos impulsando el voluntariado en el Brasil desde 2004 a través de la formación de redes sociales. Este proyecto, V2V Networks (redes de voluntario a voluntario), se creó en Río de Janeiro, mediante una sólida colaboración con empresas que deseaban dar voz a sus empleados, familias y clientes interesados.
Viene a ser la misma revolución que significó eBay para el mercado minorista, al crear un entorno fiable donde también los particulares pudieran vender sus artículos: V2V alienta a los voluntarios a ser no consumidores sino productores de oportunidades de voluntariado; anima a personas corrientes a convertirse en agentes de cambio positivo en la sociedad.
La esencia de V2V consiste en capacitar al individuo para impulsar el voluntariado directamente en su comunidad local. V2V da visibilidad a los perfiles de las personas y sus inquietudes en redes sociales de Internet que son creadas y actualizadas por los propios usuarios. Reduciendo la intermediación y las formalidades en el voluntariado se ensanchan sustancialmente los cauces de participación.
V2V pasó a ser un proyecto mundial al asociarse a escala internacional con Fundación Chandra (2005) y Starbucks Coffee Co (2007). Ahora es una red social en expansión, utilizada por empresas, universidades y municipios, con más de 85.000 voluntarios que desarrollan más de 12.000 acciones de voluntariado en más de 64 países.
Como promotores del voluntariado, nuestro gran reto es integrar el deseo de colaborar de las personas. La única manera de acabar con los enfoques desde arriba, el “asistencialismo”, la dependencia y otros riesgos de los proyectos de voluntariado es implicar en el esfuerzo a todos los interesados.
El trabajo de aficionados siempre ha sido una manifestación importante de la colaboración voluntaria. Los aficionados tienen tiempo y motivación para hacer grandes cosas en proyectos personales. Es algo que sucede con frecuencia porque muchas personas sienten que en su puesto de trabajo no hacen el tipo de cosas que les satisfacen personalmente. Es en su tiempo libre, interactuando de igual a igual en sus comunidades locales y virtuales, donde hacen lo que realmente les importa. Hay ahí una gran oportunidad para el compromiso voluntario: es increíble la cantidad de gente que busca un sentido personal en lo que hace.
Hoy los grupos de creadores son la gran fuerza competitiva frente a las grandes corporaciones globales. Pensemos en los servidores Linux frente a los servidores Windows. ¿A quién se le ocurriría enfrentarse a Microsoft, una compañía que ingresa 60.000 millones de dólares, a base de financiación privada?
En un futuro próximo, esos nuevos grupos de colaboración masiva en red desempeñarán un mayor papel en el hallazgo de soluciones para las necesidades humanas. En su inmensa mayoría dependerán de voluntarios. Las organizaciones estructuradas tradicionales se defenderán tratando de impugnar la confianza en los nuevos modelos de colaboración y restarles valor.
Charles Leadbeater, asesor de gobiernos y empresas en materia de innovación y creatividad, ha formulado algunas preguntas muy atinadas sobre el futuro de la colaboración humana: “¿Podemos sobrevivir a base de voluntarios? Si esos modelos de colaboración son tan críticos, ¿no necesitamos un apoyo financiado y organizado en formas mucho más estructuradas? ¿Qué clase de cambios serían necesarios en la financiación y la programación pública para hacer viables esos modelos de colaboración voluntaria?”. Posiblemente sean ésas las preguntas, dice, que se tengan que hacer los diseñadores de políticas en un futuro próximo.
Ensanchar nuestra visión del voluntariado y tender puentes entre esos dos mundos tendría un enorme impacto para nuestra causa. Hablamos de una gran oportunidad global y un posicionamiento estratégico para la causa del voluntariado. Grandes desafíos para el futuro de la humanidad, como el terrorismo, el cambio climático, las enfermedades transmisibles o las migraciones masivas podrían beneficiarse de esos modelos de colaboración voluntaria. Son cuestiones que probablemente nos tendremos que plantear de aquí a no mucho tiempo.
También las empresas empiezan a ensayar esas nuevas formas de colaboración voluntaria y a emplear el vocabulario y los modelos de reconocimiento que siempre han empleado los promotores del voluntariado. Recientemente, en su número de octubre de 2008, la revista Harvard Business Review publicó un gran artículo de Scott Cook, “The Contribution Revolution: Letting Volunteers Build Your Business”, donde se explican sistemas innovadores mediante los cuales las empresas están aprovechando el saber colectivo de sus clientes y su capacidad de colaboración para diseñar mejores productos y servicios.
Charlene Li y Josh Bernoff, en su reciente libro Groundswell, refieren la historia de Jeff Stensky, que trabaja como ingeniero de diseño para una compañía eléctrica. En sus ratos libres y de forma gratuita, Jeff escribe respuestas en el foro de consultas de la comunidad de usuarios de Dell. En diez años de participación intensa en esa comunidad, ha publicado 22.000 respuestas acerca de las unidades de CD/DVD de Dell, respuestas que han recibido más de dos millones de visitas. Li y Bernoff calculan que Jeff ha ahorrado a la empresa más de un millón de dólares en llamadas de asistencia no cursadas al centro de atención al cliente de Dell. La pregunta es, ¿por qué lo ha hecho? ¿Por qué una dedicación tan enorme? Jeff responde: “La verdad es que disfruto ayudando a la gente. Eso es lo que me enganchó: que ayudes a alguien y te dé las gracias”. ¿No hemos oído ya decir eso a los voluntarios que trabajan con nosotros en nuestros proyectos sociales?
Lo llamativo en este caso es que, al analizar la motivación de personas como Jeff (sentirse bien a través del altruismo, la validación y la pertenencia), vemos que es muy similar a los sentimientos de los voluntarios tradicionales que conocemos. Es lo que en la década de 1920 los economistas Fetter y Fisher denominaron “renta psíquica”. La renta psíquica es “el valor subjetivo de la satisfacción no pecuniaria que reporta una actividad”. Es un concepto central para entender la colaboración voluntaria. Como escriben los autores de Groundswell: “La renta psíquica es gratuita: se paga en amor, no en dinero”.
La buena noticia es que en todas partes hay personas que buscan renta psíquica. Por eso tenemos tanto que hacer quienes promovemos el voluntariado. Hay muchas personas como Jeff en el mundo.
En un artículo reciente de la revista Time, Bill Gates declaraba que históricamente las empresas han mejorado la vida de miles de millones de personas. El problema, seguía diciendo, es que hay otros miles de millones que se han quedado atrás, y las empresas tienen una gran responsabilidad y un gran potencial para contribuir a mejorar el capitalismo haciéndolo más incluyente.
Hay infinitas oportunidades empresariales de lanzar productos más escalables y sostenibles sin dejar de crear valor local, reducir la desigualdad, mejorar la salud y la calidad de vida. Pero las empresas no lo pueden hacer solas. Necesitan gente. Lo hará su gente. Y la buena noticia es que hay muchas buenas personas empleadas en ello y dispuestas a colaborar; y nuestra labor como promotores del voluntariado puede contribuir a influir en ellas positivamente.
Por último, creo que debemos volver la vista a nuestros orígenes, al legado de nuestra labor. Hubo un fuerte valor espiritual en los primeros seres humanos que se molestaron en ayudar a los demás. Tenemos que contribuir a reforzar esos valores en toda empresa humana, sea personal o colectiva, pública o privada. Tenemos la oportunidad de llevar esos valores a un público más amplio y a otros ámbitos; la gente quiere poner sentido en su vida. Ensanchemos la mirada y repensemos el voluntariado como algo integrado en cada uno de los aspectos de la vida. Ante los inciertos tiempos que se avecinan, los valores del voluntariado son hoy más necesarios que nunca.


